jueves, 25 de septiembre de 2008

Criminal por accidente

— La verdad es que no te entiendo, esa necesidad de tener todo planificado y calculado...
— No lo puedo evitar, ya lo sabés, me conocés. Los contadores somos así: anticipo y tengo previsto exactamente qué hacer en cada situación. Por ejemplo, uno sería un idiota si en una ciudad como Buenos Aires no pensara que alguien lo va a afanar. Por eso, cuando bajé de la Panamericana el otro día y el chorro me clavó el fierro en la ventanilla del auto, actué de acuerdo a lo que había planeado. Lo tenía todo pensado.
— Es una taradez lo que decís. Fue intuición.
— No. Capacidad de análisis y plan previo. Yo pensaba, entonces, que en el caso de que alguien me increpe de esa manera y trate de abrir la puerta del auto para secuestrarme, robarme o lo que sea, yo tendría tiempo para arrancar el auto e irme. Y es lo que hice. Todo es premeditación, nada queda liberado al destino. Así somos los contadores, por algo elegimos esta profesión que nos exige pensar en situaciones y consecuencias probables todo el tiempo.
— Decís eso porque te salió bien. Pero si te hubieran pegado un tiro y asesinado, hoy no estarías acá diciéndome esto.
— Pavadas. No te digo que soy inmune, pero tengo el don de la anticipación y, además, te digo que... ¿que fue eso?
— No sé.
— Pisamos a alguien.
— Sería un perro o una liebre.
— Dejate de joder. Es una persona. Salpicó sangre. Pará el auto.
— Los animales también tienen sangre, no seas pelotudo y sigamos la ruta que sino no llegamos nunca a Rosario y es tarde. Es un animalito, ya está, no te pongas así.
— Te digo que es una persona, pará el auto y fijémosnos si está viva.
— ¿Vos que querés, boludo? ¿Qué vayamos en cana de por vida por llevarnos puesto a un tarado que estaba paseando en medio de la ruta en plena madrugada?
— Escuchame, vamos a volver y a fijarnos cómo está, a llevarlo a un hospital. Y después vamos a la policía.
— ¿Estás loco? No pienso parar, ni mirar al fiambre, ni entregarme. Claro, vos zafás porque total no manejabas. Pero, ¿quién fue el que me estaba distrayendo? Si caigo en esta, no caigo solo.

Después de una larga discusión, Carlos convenció a Ramiro de ir a inspeccionar qué había sucedido. Contradiciendo sus propias convicciones, se sorprendieron al descubrir que lo que estaba despedazado en la ruta era un cuerpo humano. Un cadáver, mejor dicho.

— La puta madre. Rajemos. Mañana nos vamos a cagar de risa cuando nos acordemos de esto.
— No lo creo. Tenemos que ir a la comisaría y avisarles. Si no vamos, es abandono de cuerpo y nos pueden dar más años. A la larga o a la corta, todo se descubre, mejor si confesamos. Las mentiras tienen patas cortas.
— No seas cagón. Cuántos violadores, chorros, narcos andan sueltos y nadie los agarra.
— Pero nosotros somos unos pichis y nos van a cazar. Dale.

Después de muchas idas y venidas, Carlos volvió a persuadir a su amigo. Sólo que en esta ocasión sus argumentos de contador experto ya no le eran útiles: lo hecho, hecho estaba.

— Ya está. Llegamos.
— ¿Tendríamos que haberlo traído con nosotros?
— No, hicimos bien en dejarlo ahí.
— ¿Y si alguien lo vuelve a pisar?
— Callate, que más puede pasar, si ya esta muerto. De última, alguien más piensa que lo mató y nos sacamos un peso de encima.
— ¿Qué le vas a decir al cana?
— La verdad, obvio.

Claro que, la verdad no es una sola. Carlos tenía su verdad: estaba de yéndose de vacaciones con su amigo de toda la vida, por la provincia de Santa Fe dónde siempre solían ir cuando, de repente, escucha un ruido y se da cuenta de que su compañero atropelló a alguien. Siempre es más fácil echarle la culpa al otro. Carlos, como siempre, tenía todo planeado. Pero Ramiro no sabía que iba a hacer ni decir. No paraba de temblar, las manos le transpiraban. Sabía que Carlos lo iba a delatar. Como siempre hizo, como cuando le tiraba onda a las chicas que a él le gustaban y se las robaba antes o cuando le dijo a la ex mujer de Ramiro que él la engañaba. Esta vez no iba a ser diferente.

— Los dos, al calabozo. ¿Cómo pudieron dejar al pobre muerto ahí tirado?
— ¿Y qué podíamos hacer? ¿Querías que lo traigamos a la comisaría, como evidencia? Vayan a buscarlo ustedes, es lo que corresponde.
— Yo sé muy bien lo que me corresponde. No necesito que nadie me lo diga. Usted ocúpese de hacer lo que le corresponda a usted. Además, yo a usted nunca lo tuteé y no sé por qué se tomó el atrevimiento. A las personas mayores no las tuteo. Y si me toman el brazo, después son los hombros y no dejo que nadie gane mi confianza. Al calabozo.
— ¿Cómo? ¿Nos van a poner con los delincuentes?
— Van a pasar la noche ahí. Yo no soy el comisario y hoy es sábado, así que hasta el lunes van a tener que esperar que él venga y decida que hacer con ustedes. Manga de asesinos.
— ¿Cómo hasta el lunes? Me van a matar en el laburo si no voy a trabajar...
— Acá no hay lugar para llorones. Las cosas son así. Al calabozo.

Antes de llevarlos, un policía jovencito y flacucho los esposó y les sacó fotos, de frente y de costado, cargando una pizarra con unas cifras.
Los dos días en la cárcel fueron toda una novedad, aunque lo más dificultoso de superar fue la primera noche. El primer problema, el baño. Lo tendrían que compartir con otros reclusos y, aunque no les agradaba ser vistos, la necesidad fisiológica impera. Era un lugar tranquilo, los presos estaban ahí por condenas menores: robar en la tienda del pueblo, golpear a alguna mujer, todas pavadas para Carlos. Sin embargo, no podía evitar sentir una mirada indagadora por parte de los otros.

— No se te ocurra alejarte.
— Quedate tranquilo, acá estoy.

El hambre no se hizo esperar, pero había que contentarse con un poco de pan y agua mientras los policías se agasajaban con pizza y cerveza. Carlos se acordaba de lo que había estudiado, hace mucho, en la universidad pública y esos conceptos que en ese momento le parecían tan abstractos ahora se le volvían claros: monopolio de la violencia pública, coacción, fuerza de seguridad, sojuzamiento, marginalidad, desigualdad... todo le parecía tan obvio y nunca se había sentido tan chiquito. Siempre había tomado sus propias decisiones y no le agradaba que otros las tomaran por él.

— Hora de levantarse.
— ¿Tan temprano? ¿Para qué?
— Tienen que limpiar todo.

Lo peor que le podía pasar en la vida era tener que limpiar los baños. Y fue eso lo que le tocó. No era sólo el asco, sino que además en su visión la limpieza era una actividad degradante, para personas de una escala social inferior. Era más su sensación de humillación lo que le molestaba que el simple hecho de higienizar el lugar.
Fue el fin de semana más largo de sus vidas. Si los condenaban, ¿Cuánto tiempo más estarían adentro? ¿Cuántos meses tachando en un almanaque imaginario? Mientras su cabeza se volcaba más a esas percepciones insólitas, la ansiedad de saber qué sucedería luego penetraba sus asociaciones de un modo abrupto. ¿Voy a volver a ver a mi familia? ¿Qué van a pensar de mí los otros? No, la cárcel no me rehabilitaría, me volvería peor.
El lunes llegó. Y con la nueva semana llegó el comisario.

— Ustedes dos.
— ¿Qué pasa?
— Vienen conmigo. Ya mismo.
— ¿Qué nos van a hacer?
— Chito la boca y acompáñenme que los quiere ver el comisario. Parece que es grave, se me hace que van a tener que acostumbrarse a estar acá adentro. Pasen.
— ¿Comisario?
— Quién les habla. Están libres, señores.
— ¿Cómo?
— Lo que les dije. La autopsia nos informó que este tipo estaba hace una semana muerto, disculpen las molestias ocasionadas. Pueden irse.
— ¿Perdón? ¿No nos va a explicar que pasó?
— ¿Ustedes son de Buenos Aires, verdad?
— Sí.
— Bueno, acá en estos pueblitos es costumbre salir a pasear por la noche, tomar unos tragos… algunos se pasan de rosca y terminan borrachos, cuando buscan su casa no la encuentran, dan vueltas, algunos vuelven al bar que está cerca de la ruta y siguen chupando, y otros se cansan y se tiran a dormir al costado de la ruta. Claro que, de tan en pedo que están los más vivos se quedan campo adentro pero otros, como este fiambre que denunciaron ustedes, son medio pánfilos y palman en la banquina. Alguien lo atropelló antes que ustedes.
— Que alivio. ¿Entonces no tenemos nada que ver? ¿Nos podemos ir?
— Si, tienen que llenar unos papeles antes.
— ¿El que lo atropelló se dio a la fuga?
— Así hacen siempre los conductores. Ustedes dos fueron la excepción. Lo típico es matar e irse, no dar la cara, lavarse las manos y tratar de hacer como si nada hubiese sucedido.

Según el Instituto de Seguridad y Educación Vial (ISEV), en Argentina el año pasado se informaron más de 2.543 casos de personas atropelladas, que representan el 25 % del total de los accidentes viales. No obstante, merecería un debate si se trata de accidentes o crimenes. En la mayoría de estos casos en que seres humanos resultan víctimas tras haber sido arrasadas por un vehículo, los conductores se dan a la fuga.
A la hora de otorgar responsabilidades, una inmensa cantidad de infractores quedan impunes por haberse escapado del sitio del hecho en cuestión.
Por otra parte, la Secretaría de Derechos Humanos de la provincia de Buenos Aires admitió que es posible que la justicia penal retenga presos por ser presuntos sospechosos de algún crimen y que después se comprueba que no estaban vinculados.
De acuerdo con las estadísticas de la Procuración General provincial, tres de cada diez presos son liberados luego de probarse su inocencia. En el ínterin, pueden pasar encarcelados de tres a cuatro años hasta que se investigue su caso y se sepa la verdad. Para Carlos y Ramiro duró sólo un fin de semana.

1 comentario:

Laura dijo...

Muy buena la narración de los acontecimeintos, me atrapó y es un claro ejemplo de las situaciones que deben ocurrir regularmente (lamentablemente)

saludos!